sábado, 24 de diciembre de 2011
Los niños de verdad
jueves, 22 de diciembre de 2011
Lotería de Navidad
miércoles, 21 de diciembre de 2011
Malcrianza
Malcríame
entre mis piernas,
tus caricias.
Malcríame
y llévame a casa tarde,
déjame estar
en tu cama
un ratito más.
Malcriáme a besos,
fue tu promesa,
tu desliz
malcriarme a engaños,
a mentiras.
Malcriarme al olor
de otro,
al sudor tuyo
mezclado con el perfume
desconocido.
Entonces fui yo
quien te malcrió
a inocencia.
Te malcrié a una
mente crédula,
al perdón
sin necesidad
siquiera
de pedirlo.
Te malcrié a mi falta
de orgullo,
a mis silencios
cuando las palabras
estallaban en mi boca.
Y al final entendí
que te malcriaba
para que me malcriaras
Y al final viví
supe, un sueño de calabaza
rota miel de amor color amarga.
jueves, 20 de octubre de 2011
La acera del medio
viernes, 20 de mayo de 2011
La generación nini
"Sin casa/ Sin curro/ Sin pensión/ Sin miedo" Sin Futuro
Nos llamaron la generación nini. Los que ni estudian, ni trabajan. Lo cierto es que algunos de nosotros estudiamos más que varias generaciones juntas. Lo cierto es que, trabajando no podíamos (ni podemos) intentar siquiera independizarnos, primer requisito para establecer un mundo propio, o al menos para desarrollarlo. Pero rompimos las reglas, no por valentía, sino por impotencia, por la necesidad impuesta de conformarnos con el cuartucho familiar en el que crecimos. Esa es nuestra generación, la generación más mimada de la historia, pero la generación que ha visto el mundo tambalearse. La generación de la vagancia. Nadie apostaba por ella. Pero nuestra generación no la conforman ni viejos, ni adultos, ni jóvenes: somos los que perdimos el partido en un sistema amainado por los bancos, y consentido por los árbitros corruptos del gobierno. La generación que ni se identifica, ni se conforma, ni cree en el bipartidismo: ni en la derecha, ni en la izquierda española, ni en el PSOE, ni en el PP. La generación de los videojuegos, de los internautas, de los perros flautas, de los frikis. La generación de los indies, de los intelectuales, de los cotillas, de los que curran, de los que hincan los codos, de los que perdieron su hogar, y de los que lo conservan. Somos la nueva ola, el nuevo impulso, el nuevo mayo francés. Somos, la generación Nini.
Fragmento de mi nuevo poemario
sobre el librote cerrado,
sobre la carta de amor,
sobre los párpados yertos
de los muertos." A.Machado, Las Moscas
sábado, 14 de mayo de 2011
Smog
"Se me ocurrió que la extraña niebla que antes habíamos visto se habría disipado, pero no era así. Por el contrario, avanzaba. En aquel momento había llegado a la mitad del lago." La Niebla, Stephen King
Cuando quise despedirme, a la vuelta de esa esquina en la que nos decimos adiós, pude ver el reflejo de tus ojos, el sabor de tu labio inferior, la palidez de tus mejillas. Y entonces me convenciste, te convencí. Quédate un rato más, un rato más hasta mañana. Retorno y vuelta sobre nuestros pies para, nuevamente, tropezar en los escalones mientras me besas y avanzar hacia la cama donde rozar en mi espalda la noche hasta la apertura de una mañana fría pero densa. Densidad matutina que parecía haber vestido el humor de nuestras sábanas, vistiéndose de ella, y engalanándose con la pesadez propia de una habitación mal ventilada. Por eso al abrir las ventanas, la quietud del cielo me asombró en su ausencia. El cielo, que yo entendía como tal, se había esfumado. No alcanza a ver aquella casa de enfrente, aquel jardín donde cada mañana una anciana proveía de comida a los gatos callejeros, ni el hambre del vagabundo en la acera, ni el kiosco de Alfonsín que me guardaba el periódico de ayer, noticias que a nadie interesara. No podía encontrar ni el olor a huevos con beicon del vecino. Se había desvanecido hasta el sonido de las bocinas, el llorar de los niños. La sonrisa de tu rostro.
Te miré y supe discernir que ya no pensabas quedarte un rato más, que no volvería a convencerte, que debías ir al trabajo aunque fuera domingo. Sabía que me convenía reír cuando mintieras. Por eso reí siempre.
Al salir por la puerta, te acompañé. Pero tú, envuelto en la sencillez metafísica que predicas no te diste cuenta de que el smog nos había transportado a un planeta, mi apartamento, del que no conseguiríamos salir. Sumido en tu ignorancia, golpeaste la calle con los pies cayendo al suelo. Suelo inexistente, reconvertido en terreno blando, viscoso, como nube silenciosa que te hubiera absorbido entre sus fauces sino fuese porque te agarré fuerte de las manos. Helado, te acercaste a mí, calentadote con mi aliento, mojando mi camisa con tus lágrimas. Y Entendiste. Entendiste que nunca podríamos saborear el cereal, que se agotaron los sábados de fútbol y las horas muertas de parques verdes, flores amarillas y árboles cenicientos. Entendiste que se extinguió el mar de los lunes en el trabajo, el hacer planes existenciales durante la compra del súper. Entendiste y continuabas en silencio, sin decir nada, pero diciéndolo todo. Volvamos.
Y volvimos al apartamento, subimos las escaleras y cerramos la puerta con la seguridad de que nadie más entraría. Y volvimos porque no cabía otra posibilidad que volver, volver a nuestros recuerdos, volver a follar, volver a besarnos, volver hacer el amor, a dibujar en nuestra mente la esquina desde donde un día nos saludamos por primera vez y después nos despedimos tantas veces. Volver a nuestra habitación, cerrar las ventanas e impedir que el Smog nos consumiera y envolviera, (si no nos había consumido y envuelto ya en nuestra frágil conciencia). Conciencia de dudar si nuestras vivencias y nuestros sueños son y fueron parte de una realidad o de una muerte lenta como de niebla, de asfixia dulce, de recuerdos recíprocos. Aunque ya no nos importara que ya no queden ilusiones ni experiencias que soñar pues seguiré teniendo el matiz grisáceo de tus ojos, el olor a mar de tu piel, el aliento violeta de tu boca en la mía. Seguimos teniendo el retorno de una esquina.
miércoles, 27 de abril de 2011
Ana María Matute, impresiones de su discurso
"El que no inventa no vive"
Acabo de escuchar un discurso maravilloso. Me he emocionado, he sentido el mar de infancia, y la fantasía de un mundo extraño. He sentido ternura, infinita y escasa en el hombre, en la mujer de hoy. He sentido a Ana María Matute, he vistos sus ojos que lloran, su mente que inventa, sus manos frágiles que escriben. He escuchado su voz, corazón inmutable y grande. Gracias, Matute. Gracias por hacernos soñar, por hacernos volar. Por revindicar la inteligencia no al servicio del dolor, ni del individuo egocéntrico, ni del egoísta; sino como herramienta para destornillar nuestra coraza de metal, caja de prefabricada sociedad. Para liberar la alegría que encerramos, celosos y avaros, dejándola pudrir entre días de invierno, esperando un verano que sólo nos alcanzará cuando abandónenos, cuando venzamos nuestros miedos. Gracias, Matute, por inventarnos un mundo en el que podremos vivir.
Discurso de Ana María Matute en PDF
miércoles, 20 de abril de 2011
Don't Stop Believin', Journey
Hoy os voy a presentar en, una canción para cada día, dos canciones, por eso de llevarse uno mismo la contraria. La primera es 20 de abril, de los Celtas Cortos; la segunda, una canción que no he parado de escuchar desde que lo hiciera por primera vez durante el capítulo final de Los Soprano. Un himno del grupo Journey: banda roquera melódica formada en 1973 y que con la valiosa incorporación del vocalista Steve Perry pudieron darle profundidad y fuerza a sus letras, ya que su voz ha sido reconocida como una de las mejores del rock gracias a un registro descomunal y a un timbre de voz nítido y certero. Don’t Stop Believin’ forma parte de su álbum más vendido, Escape, que también incluía a temas tan conocidos como Open Arms (nombre del karaoke al que voy usualmente) o Who’s Crying Now. Aparte de Los Soprano, es conocida también por la versión del programa televisivo Glee en 2009. Sin embargo, nadie ha conseguido igualar la fuerza que Journey le impregnaba en los ochenta. Dedicada para los que escuchan la música tan alta que hacen creer al vecino que los cuadros de su casa se mueven por la mano maliciosa de un fantasma.
jueves, 14 de abril de 2011
Escrito de un sueño
Aquí, la recopilación del texto entero. Lo voy a llamar al final provisionalmente "Escrito de un sueño".
I
No he vuelto a soñar más con él, ni con nadie. Sólo con el dinero esparcido en mi alrededor. ¿Acabaré como ese hombre materialista, conformista, mediocre, como aquellos a los que se aferra la burguesía actual? Tengo miedo. Miedo a quien realmente deseo convertirme. Miedo, no de ser rico, sino de serlo, y de no hallar más que un abismo. Vacío presurizado, asfixia. Descuento porcentual y chicos. Al menos quedan los chicos, y el sabor de mi farmacéutico preferido jugando en la bolera. ¿En la bolera? Era martes, fui con mi amigo Luis bajo un cielo de amalgamas rosas y castañas repletas de gusanos. Sin grandes planes por delante, vimos una peli. Después de contemplar una tela negra coloreada por actores catalogados como estrellas y diálogos surrealistas, nos pusimos esos zapatos que te dan un aire de payaso de centro comercial. Y entonces me topé con él.
II
Allí estaba, con esas piernas invisibles a través del mostrador de la farmacia, y ahora al alcance de la vista, de espaldas, vestido con unos vaqueros que se a ajustaban más peligrosamente conforme iba doblando las rodillas para precipitar la bola en la posición correcta. Se me hizo tan imposible no aplaudir de forma apoteósica cuando hizo un strike, que llamé su atención. Podría estar pensando: menudo idiota, en cambio, se volvió seriamente (dientes separados, mirada de ojos negros, y nariz chatita) para comprobar de donde venían los aplausos. Quizás imbuido por el trato social deferente de “el cliente siempre tiene la razón” esbozó una sonrisa y pronunció al fin las palabras clave: “Hola, ¿qué tal?”.
III
Si soy capaz de fijarme en aquellos vaqueros, en esas piernas, ¿de verdad sólo me importa el dinero? No, no solo me importan las piernas y el dinero… me gusta la literatura, y disfruto los domingos por la tarde cuando mi amigo Luis me cuenta los secretos profesionales de su consulta psicoanalítica. Me agradan muchas cosas, aunque solo sueñe con millones de euros ingresados en una cuenta bancaria, la mía.
IV
La realidad, poco a poco, se ha convertido en un pequeño infierno, el tema me obsesiona. Mi amigo me ha recomendado no pensar más, no seguir dándole vueltas. Pero yo nací con cuernos, es decir, taciturno por naturaleza. Cuando resulta que estoy apunto de no seguir pensando más en el sueño, cuando por fin me encuentro libre de conciencia, de saber que no iré el infierno, de ratificarme como buena persona y no dudar mas de mi honradez, cuando siento que todo el mal se diluye como colacao en leche, me alcanza la noche, y ésta me recuerda mi único sueño y temor: ganar la lotería. Me acuesto tiritando, con las manos puestas en la colcha y los ojos relajados tal como indica la cinta de autoayuda que me recomendó un compañero de trabajo. Los párpados caen mientras con todas mis fuerzas intento librarme de aquellos papelillos. Imposible. Por ello, la única alternativa que encuentro es el insomnio. ¡Qué ganas de padecer!
V
Al final, me he rendido, y he debido acudir a un especialista. Mi amigo Luis se negó a psicoanalizarme, se limitó a recomendarme un compañero de profesión. Enrique Gómez González.
VI
El despacho de un sicoanalista no tiene desperdicio en las películas: bolitas de relajación, diván, diseño austero, muebles de calidad y toda una serie de objetos que han sido catalogados de inútiles por los profesionales españoles. Claro, somos como ellos, pero a lo cutre. Allí no había bolitas y mares dando vueltas, sólo papeles bajo un bote repleto de bolígrafos y dientes de clínica privada costeados con el dinero de los desgraciados que entraban por la puerta de aquella consulta.
En un primer momento, bien:
- Buenos días – dijo él.
- Buenos días – contesté yo.
- Manuel Pizarro, ¿Cómo quiere que le llame?
- Sí, soy yo.
- De acuerdo, a mi me llaman Enrique, cuénteme que le ocurre.
- ¿Tiene hora? – No fue apropósito, quería asegurarme de que no me timara.
Después la cosa fue realmente mal. Enrique quería hacerme ver que el dinero no era tan importante. (¡Cómo que no es tan importante!) Entonces viendo la certeza de mi afirmación me preguntó por otras aficiones. Sin embargo, después de cincuenta y seis minutos transcurridos, salí mareado, deprimido, inútil, robado. Supongo que la estrategia consistió en la famosa terapia de choque pero a mí me funcionó tan bien que no he vuelto a ir.
VII
Hace unos días empecé a trabajar una idea que se le escapó al sicoanalista en su última y primera revisión: intentar recordar mi último sueño sin un centavo de por medio. Resultó fácil recordar ese momento mágico tan anhelado. Hasta llegué a escribirlo:
“Hace veinte años, en un día indeterminado de instituto, la profesora de Lengua y Literatura faltó a clase. Mis compañeros empezaban a forjar una sonrisa risueña mientras los rayos del sol se colaban y bailaban por las mesas. Las hormigas daban a entender al mundo que nuestra profesora no volvería en mucho tiempo y que, dada la magnitud del desastre, habría que solucionarlo. Las voces de las niñas se mudaban de un lado para otro y las tizas dibujaron figuras obscenas en la pizarra gracias a la ausencia de autoridad que sufría la clase. Hasta que un aura de extraña realidad se apoderó de la estancia al tiempo que entraba un hombre mayor con bigote gris y pelo rizado. Sonreía como si le hubieran dado un premio Nobel, o como si estuviera a punto de contar un chiste muy largo. Al principio nadie pareció reconocerlo, pero yo, amante de la literatura estaba alucinado, patidifuso, inerme, muerto. Llegué a creer que le di una pésima primera impresión pues, cuando viró sus ojos hacía el pupitre donde estaba sentado, se topó con mi mirada perdida, una cara de bobo que le proporcionaron la información suficiente para catalogarme como el tonto de la clase, o al menos, el que no se entera de nada. Escribió su nombre en la pizarra y todos quedaron también inermes, pero no asombrados: ¡Nadie sabía de quién se trataba! Yo por aquel entonces sólo había leído cinco de sus novelas. Me alucinó aquella forma de describir un mundo repleto de personajes mágicos, las frases magistrales que parecían sonar al pasear mi lectura entre sus letras y el carácter primigenio de sus relatos. Quedé atrapado entre su universo y el aula, entre sus facciones y las portadas de los libros. Asido a un bucle de visiones que paró cuando el nuevo profesor comenzó a dar la clase. El tema versaba sobre los recursos estilísticos e inició la explicación de las anáforas. Su voz me raspó el oído: errónea y real, sin ningún nexo en común con su otra voz, la voz de sus escritos, me decepcionó. Sin embargo yo seguía manteniendo los ojos tan abiertos al dios que tenía enfrente que no advertid las notas de opinión de mis compañeros sobre el nuevo profesor. Al terminar la clase, que era la última, salieron pitando. El profesor se quedó elaborando una nueva lista con la que memorizar mejor los nombres de sus nuevos alumnos. Estos habían dejado el aula desierta, huérfano el silencio de papeles esparcidos en el recreo y una excepción, yo. Gabo alzó la vista y me observó como lo hacen las madres cuando deducen de forma irresoluta cual es el marisco fresco de las pescaderías. “Chico, te has tirado toda la clase mirando a las musarañas, ¿acaso te has enamorado?” Casi lo hago en ese mismo instante.
Solo que desperté de un sueño en el que aparecía Gabriel García Márquez.