"Yo quiero terminar donde
terminan tus cigarrillos
de color rosa.
Color carmíndesgastado.
La tetería se encuentra en Pueblo Blanco, una zona de Torremolinos. (Málaga)
"Yo quiero terminar donde
terminan tus cigarrillos
de color rosa.
Color carmíndesgastado.
La tetería se encuentra en Pueblo Blanco, una zona de Torremolinos. (Málaga)
En la distancia también se cosen hilos,
se mandan los novios cartas de ausencias
que ya no encuentran en el tiempo perdido
la placita de una arruga sin pasar de largo.
El reloj camina indiferente a los actos,
A tus actos de teatro tímido, escondido
detrás de la cortina o de un telón gastado
que ya no puede abrirse ante el público
(ante mis siestas)
Porque la arruga y el reloj van de la mano
agujas que rayan la piel y el tiempo
descosiendo la madeja de una abuela en la butaca
de una infancia de recuperación quimérica.
(canicas, castillos de arena, casitas de lego).
Si no es posible releer las notas adolescentes
que se quemaron en el Fahrenheit de los olvidos casuales
al menos echemos la culpa al cuco atropellado
o a las perennes sirenas de recreos que murieron
(que no avisaron que detrás de una esquina
se escondía lo irrecuperable)
Sentar y caer entre las rodillas invisibles
cual viejo que acaricia la niñez
y le desnuda la conciencia
letalmente
como estallando en la alfombra de un mar de clavos
asesinos de pompas ilusorias.
Porque los juegos caducos tienen un precio:
veneno de la medusa que le picó a una cobra
para desvanecerse después solito en la esquina de una acera
y que pasen frente a ti los viandantes como el viento
(como si nada).
María tiene el cuerpo maduro y la mente de ángel inocente; está llena de un misterio descosido de la realidad, porque vive alejada del mundo y hasta de sí misma, enfrascada en la atención que le procuran los otros seres naturales y que le roban casi todo su tiempo y energías.
María nació con una gracia que le permitía comprender y sentir los amores y penas de los animales, las plantas y hasta de las piedras y de las estrellas, que para ella eran de la misma naturaleza que las de los demás seres del mundo.
Es la hija mayor de Anselmo, el pastor, y la que se levanta más temprano para ir a la fuente de la Canaleja a por un cántaro de agua para que su padre se lave, después sigue con sus tareas: dar careo a las gallinas para que picoteen algún gusano incauto, arrimar una piña al rescoldo para avivar el fuego, lavar la ropa en el pilón…, y así hasta la caída del sol. A esa hora desamarraba a las dos marranas que hociqueaban bajo las encinas y les daba suelta cuando percibía que ansiaban un macho. Anselmo había sido el gran descubridor de las leyes de la genética, desconocidas para los pastores y para él mismo en aquellos serratos, y se jactaba de que si una marrana blanca se cruzaba con un jabalí daría unas crías que valdrían más y sus jamones tendrían mejor sabor.
María, siguiendo su instinto, guiaba a sus hembras hacia los caminos donde las marcas de los árboles habían dejado una carta de presentación de uno de estos machos ásperos y salvajes, y podía oler su piel erizada e impregnada de ansiosa lujuria. Los jabalíes, que merodeaban emboscados, se dejaban engañar por estas hembras groseras y perezosas que aprovechaban la oscuridad y la ofuscación de sus congéneres evolucionados para que las dejaran preñadas. Luego, confirmando el saber del pastor, los lugareños asistían al nacimiento de unas crías híbridas con rayones en la espalda del color de algunos melones.
María realizaba estas y otras tareas sin rechistar, sin descomponer su cara dulcísima, porque su alma seguía intacta, sin desgastarse en arrebatos, pasos adelante y pasos que desandar. Su mente sin embargo era viajera y solía divagar hacia el territorio de los sueños. Permanecía absorta contemplando las estrellas, el deshilachado de las nubes o los aleteos de los gorriones en los olivos del camino.
Al termino del día, se dirigía a las orillas del pantano a dar de comer a las truchas. Iba desmigando un pedazo de pan y arrojándolo al agua para obligar a los peces a bailar para ella en las curvilíneas pistas que se formaban en el diamantino espejo. Miles de insectos se aferraban en los tallos de los juncos de la ribera y María percibía a los funámbulos absorbiendo las gotitas con las que nutrían sus cuerpos. Sabía cuándo una yegua había tenido trato con el caballo porque sentía blandos y calientes los ollares del animal y no se resistían al bocado. Era capaz de adivinar el palpitar de la nueva vida nada más palpar su panza y escuchar el gemido de las semillas en el instante en que se desmembraban para engendrar otro ser vegetal. Todo esto y mucho más era el patrimonio con el que había nacido la hija mayor de Anselmo, pero tan ignorado por él que nunca comprendió por qué la joven se marchó un día de la casa.
Con qué o quién soñaba la joven enajenada nadie lo sabía. Ella no conocía el amor de la carne de un hombre, pero en sus sueños siempre se hacía presente Ángel, el pastor del otro lado de la huerta de la Canaleja. María veía elevarse el humo de la chimenea de la casa del joven y adivinaba que sus hermanas le estaban preparando el almuerzo mañanero, y le llegaban oleadas a jara y romero, ese olor que emanaba de las ropas del muchacho y del que no pudo librarse desde que bailó con él en la fiesta de San Juan.
Que después no se vieran más, a pesar de la cercanía, era una ley cazurra de desavenencias entre los padres de ambos por una cuestión de lindes. Cuando María y Ángel se volvieron a encontrar en el siguiente solsticio, éste ya había entregado su cuerpo y su alma a Jana, la extranjera de cabellos color de paja como la que se agavillaba en la era.
Un día María desapareció carretera adelante siguiendo la Vía Láctea hasta que roló al Noreste. Le habían dicho en el mercado que en aquellas tierras ofrecían oportunidades a la medida de sus sueños. Tomó un autobús en el pueblo y viajó toda una jornada hasta que el vehículo se detuvo y vomitó a los viajeros.
El rastro de María se perdió durante las cuatro estaciones siguientes. En la primavera del año de la gran sequía, María volvió a casa de sus padres: enferma de alma, perdida la inocencia y perdido el don misterioso de comprender y compartir el pulso de la creación con el que había sido alumbrada.
Juan Manuel Rodríguez de Sousa
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Si quieres conocer más lugares, te presento a Ardilla, la guía local de esta semana.
Tengo lágrimas en los ojos. Se deslizan. Me conmueve el trinar de una madre, las acciones inútiles. Cada vez que veo la ineficacia realizada con esmero, con amor, se zarandea un pequeño cachito de mis tripas. Es como encontrar el porqué del estar viviendo. Si todo fuera comer, respirar, cagar, mear, follar y dormir apaciblemente la vida sería mucho más fácil. La vida sería como una Burger reluciente. Esponjoso pan al que me veo tentado con darle un bocado: caer en la trampa de saborear el regusto de la bobería. Y por ese bocado todas las noches me convierto en bulímico, en deseo infinito de expulsión de semejante bodrio. Pero no es tan sencillo como meterse los dedos en la boca, ni tan sólo basta con emborrachar el hígado. Quizás haya que acercarse a la barandilla de hierro fría y saltar por los aires. O convertirse en salvaje que ríe por las tonterías, con los chistes malos, que llora difícilmente por nada, que se destruye a sí mismo a cambio de expulsar ese pedazo de Burger tan apetecible, tan asqueroso. A cambio de estar viviendo.
Cuando le digas a una amiga “es un buen regalo de cumpleaños” puedes provocar un alud de fiestas y felicitaciones. Encontré la entrada en el blog de Dorotea y una sonrisilla se me dibujó en los labios, más tarde, cuando me topé con el post de Mercedes, se me desparramó una carcajada sobre el ordenador adivinando lo que iba a suceder. Muchas gracias a todos los que me habéis felicitado, muchas gracias por vuestros regalos. No puedo dar todos los nombres, tengo miedo a enumeraros, porque las listas son defectuosas por naturaleza.Últimamente estoy muy liado, estoy metido en cosas que me han absorbido el tiempo: me he apuntado a un Ciclo Formativo de Desarrollo y Comercialización Turística para compaginarlo con la Carrera de Historia en la que sólo me matricularé en dos asignaturas. A ver qué tal me va, por lo pronto, los profes me han gustado y las asignaturas están entretenidas. Se prometen muchas excursiones y actividades fuera del centro. No tengo fuerzas ni para escribir ahora por la noche, pero no quería dejar para mañana este post de agradecimiento a todos vosotros. Antes de que se me cierren los ojos…
Y el mundo deje de existir
De respirar el negro de la noche
Envenenado
Letalmente hasta la mañana.
(Para leer la Primera Parte pincha aquí)
TERCERA PARTE: LA HISTORIA Y YO
Me gustan los clásicos y los gatos. No sé si se relacionan, pero a mí me gustan los dos. A mí gato le llamé Aladín cuando mi hermano mayor me quitó el nombre que le tenía reservado al mío para ponérselo al suyo: Simba. Yo me tuve que conformar con la segunda opción. Yo casi siempre me he tenido que conformar –tragar– con la segunda opción por ser el más pequeño, y porque mi hermano es lo más parecido a un capullo. En fin, qué me gustan los gatos y odio a los capullos. Los clásicos, me gustan casi todos. Y es que mi afición por la historia me ha concedido la suerte de conocerlos muy tempranamente. Para mi la Historia, en mayúsculas, es una columna, vertebral o jónica, cada uno a su gusto, que me conduce a otras ramas menos severas como es el Arte. Arte, también en mayúscula. Debería estudiar Historia del Arte, y no Historia a secas pues al final llevo tres años estudiando una carrera y solamente he aprobado cuatro asignaturas. Cosas de la vida.
La historia me empezó a gustar desde pequeñito. Es probablemente mi afición cultural más temprana. Mientras que en Lenguaje, Matemáticas, e Inglés era un torpe vaguísimo. En Conocimiento siempre conseguía notazas, y no dejé de sacarlas cuando también le cogí el truquillo al Lenguaje y al Inglés. La verdad es que al inglés todavía no le he cogido el truco, pero si lo comparamos con las mates me convierto de forma automática y exacta en un filólogo anglosajón. Hasta me veo con bigote. De la historia, lo que verdaderamente me apasiona y me hace irracional es la Egiptología. Para que te guste algo mucho, para que seas bueno en algo, debes apasionarte de una parte que es la que te lleva a conocer el resto. Un buen filólogo conoce a los mejores autores en literatura, o conoce la lingüística y la gramática tan bien como nadie, pero para llegar a serlo tuvo que ser apasionado en algo. Digamos que se enamoró de Lope de Vega, y que lo demás fue el precio de un matrimonio sagrado que iba a durar toda la vida. Para llegar al conocimiento uno debe Amar una parte de ese conocimiento. Yo me enamoré de Egipto. Aunque, por otro lado, tengo la fortuna de ser un adúltero empedernido, y no me cuesta disfrutar de los placeres de las otras Historias. Aunque cuando vuelvo a casa, siempre me digo (le digo a Isis) que mis infidelidades son debidas al interés que me despiertas tú, principio de todo (Junto al Próximo Oriente). Me interesa al ver el desarrollo de ese principio hasta llegar al presente. De cómo Isis se convirtió en Hitler.
La Historia es, como muchas veces se ha dicho, la memoria de la humanidad. Y como muchas veces he promulgado yo, una sociedad que no conoce su historia es una persona sin memoria, sin recuerdos, y por lo tanto deja de ser una persona, porque de los recuerdos nacen los afectos y de los afectos nace todo. (En vez de afecto podría haber utilizado amor, pero quedaría más ñoño) Por lo tanto, una comunidad que no tiene interés por su historia, es que no tiene interés por lo que le ocurrió ayer, es como una persona que todos los días debe de aprender a andar, que siempre tropieza con los mismos errores, que tiene que aprender su oficio todos los días, que vuelve a especular con el habla y olvida que su hija es la que esbozó ese dibujo tan horrendo que hay colgado en la nevera. Y lo peor es que piensa que es horrendo de verdad, y se le ocurre que debería tirarlo a la basura. Y se le ocurre también, en un extremismo infantil, que debería encerrar en la cárcel al que dibujó tan mal su retrato y se atrevió a grabar su nombre debajo para que nadie dudara quién es el tipo de la corbata negra. Sin la historia, encerramos a nuestros hijos que es el futuro y olvidamos el pasado, que son nuestros padres.
Más bien me difumino en el silencio, porque no sé quien soy.
Juan Manuel Rodríguez de Sousa
Hace ya bastante tiempo, una poeta andaluza, me sorprendió por su sinceridad lírica, por su espontaneidad, porque escribía sin miedo. Se le nota. Esta vez, uno de unos poemas, me ha llegado tanto al corazoncito que se me ocurrió la idea de poner un poema en mi blog. Le pedí permiso, et voilá. No es de los mejores, ella atesora escritos más valiosos bajo su luna, un lugar donde nos regala historias con versos y a donde es tan fácil viajar como hacer clic. Gracias, Yolanda.
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LA PREGUNTA
Una vez me hicieron una pregunta muy interesante.
Fue en Albacete, un chico que debió de pensar que yo era alguien importante (bueno, para mis amigos y familia lo soy, espero) o alguien famoso.
Si algún día llegas a la cima, me preguntó con un asomo de vergüenza entre los dedos, ¿te acordarás de mí?, ¿de este día que hemos pasado todos juntos y de lo que hemos hablado?... ¿te acordarás de esta felicidad que aprecio que sientes?...
Pensé mi respuesta porque hubiera sido fácil decir que sí pero quería contarle algo más,
decirle,
por ejemplo,
lo que vale plantar
una sonrisa
en mis vértebras.
Explicarle,
también,
la profundidad
de sus palabras.
—que se aferraron
en mi cerebromar
para siempre—
Y, subrayarle,
en el aire,
con mis
versos,
(como no)
que lo que más
vale de una persona
no es ella misma;
sino a quien
tiene a su
alrededor…
Alguien a quien quiero mucho y que estaba sentado a mi lado contestó entonces por mí: ella no se olvidará. Ella no…
Y yo agradezco que ese alguien (aunque sea uno sólo en el mundo), sepa que lo más importante para mí son las personas.
Nunca me olvidaré de ti, le contesté. Puede que de tu nombre o de tu cara, pero nunca de tu esencia y, mucho menos, de que me has hecho sentir.
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(Página Web de Yolanda: http://www.yolandasaenzdetejada.com/)